Cuando Carlos Alonso habla del SIAR, no lo hace como quien revisa un calendario, sino como quien reflexiona sobre un viaje compartido. El Salón Internacional Alta Relojería, que nació como una iniciativa personal, está a punto de celebrar su edición número 20, un hito que —más que festejo— representa para su creador un punto de inflexión. “Es un momento de pausa consciente”, explica. “Mirar atrás sin nostalgia, con el orgullo de haber construido algo útil, y mirar adelante sabiendo que aún hay mucho por aportar”.
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Una plataforma que evolucionó con su audiencia

En estas dos décadas, el SIAR no solo ha madurado: se ha convertido en un referente para el mundo de la relojería en América Latina. Su impacto ha trascendido el recinto de exhibición para posicionar a México como un actor serio en la conversación global del sector. “El SIAR ha sido un embajador muy sólido de la relojería mexicana en el mundo. Se habla de él en todas partes, y afortunadamente con buena imagen”, reconoce Alonso.
Uno de los pilares que ha sostenido el éxito del SIAR es su capacidad para equilibrar la tradición europea con la calidez y el carácter latinoamericano. En palabras de su fundador: “El lujo no es un idioma único, sino una conversación. México es hoy un interlocutor con una visión propia que el mundo escucha cada vez con más atención”.
Nuevos públicos, nuevos lenguajes

A lo largo de los años, la audiencia del SIAR ha rejuvenecido y se ha diversificado. Hoy, la mayoría de los visitantes tiene menos de 35 años, y esa energía fresca ha sido bien recibida. Lejos de resistirse al cambio, Alonso lo abraza: “La profundidad no está peleada con la frescura; la sostiene”.
Este enfoque se traduce en una curaduría más abierta, donde conviven las grandes casas relojeras con voces independientes y experimentales. Para él, la relevancia de una marca no está solo en su tamaño, sino en su capacidad para transmitir valores y visión. Por eso, el SIAR apuesta por una narrativa donde tradición e innovación se cruzan sin fricciones.
Coherencia como brújula
Cuando se le pide definir el espíritu del SIAR en una sola palabra, Carlos Alonso no duda: coherencia. Ha sido, dice, “el hilo conductor de cada decisión, incluso cuando era más fácil tomar otros caminos o responder a modas pasajeras”. Y es esa visión la que ha permitido al evento adaptarse sin diluirse, mantenerse fiel a su esencia sin quedarse atrás.

Lo que viene
De cara a su vigésima edición, el SIAR promete una celebración compartida. Más que un espectáculo deslumbrante o un homenaje solemne, será un momento para agradecer, reconocer e imaginar juntos el futuro. “La idea es incorporar a todos a la celebración y vivir este aniversario como una comunidad que ha crecido junta”, anticipa Alonso.
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Pero la mirada también va más allá del festejo. Para su fundador, el verdadero reto está en imaginar cómo mantener vigente una plataforma que ya ha dejado huella, sin perder el entusiasmo ni la energía. “Sigo sintiéndome con la pasión y las ideas de alguien más joven. Para mí, esto no es un trabajo, es un modo de vida”.

